Feeds:
Entradas
Comentarios

 

LO QUE QUEDA DE MI CORAZÓN.

  

Abrió los ojos y no vio nada. Una gruesa capa de ceniza cubría sus párpados, que en cada movimiento oscilante espolvoreaban una fina materia similar a la que desprende una polilla cuando es aplastada. La niña intentó moverse y comprobó que su cuerpo era pesado. Movió las piernas de forma torpe, como si siguiera dormida, y en cada temblor unos puñados de tierra iban desmoronándose hacia el suelo dejando entrever un vestido, antaño blanco con mariposas rojas. Consiguió ponerse a cuatro patas y desde esa altura de perro miró a su alrededor. No había nada. Era una sensación extraña experimentar la nada, nunca le había pasado. Terminó de limpiarse la cara con sus pequeñas manos, más sucias si cabe. Intentó oír algo, una voz, un ladrido… y nada. El aire era denso y se podía masticar, haciendo rechinar sus dientes como cuando había probado a morder el cuello de un abrigo. Ese polvo gris sabía peor, más amargo, más seco. Decidió gatear entre las piedras y lo que fue encontrando bajo sus pies era más ceniza gris. Cuántas polillas tendrían que aplastarse para conseguir tanto polvo, era…increíble. El viento soplaba contra su nuca removiéndole la melena, negra y sedosa,y entre sus mechones miró a favor del aire intentando buscar su escuela. Tendría que estar ante ella, con su patio ajardinado y su tejado azul. La niña entrecerró los ojos, asombrada, y no vio más que niebla. Era una sensación ondulante como la que uno percibe durante el sueño en las noches de fiebre y catarro. Notó su cuerpo ardiendo y deseó por un momento estar enferma y que pronto su madre viniera a arroparla. Pero algo en el ardor de su piel le decía que aquello era distinto. Su pecho quemaba. Miró fijamente la palma de sus manos y bajo la ceniza creyó ver una capa de color rojo vivo como el atún que tanto le gustaba a su madre. Mamá. No estaba a su lado. Recordó que la acompañaba hasta hacía unos segundos en el tatami haciendo grullas de papel para formar un collar. El sabor del helado de nata que le había dado como premio por portarse bien aún flotaba en su memoria y contrastaba con la sequedad de su garganta en aquel momento. Estaban en el salón, el reloj sonaba de fondo con su tic-tac. Y ahora…. estaba en la calle, no había salón, ni casa, ni mamá, ni barrio… No entendía qué había pasado antes de quedarse dormida y tener el cuerpo sucio y ardiente. Y sobre todo, no sabía dónde estaban las cosas, los objetos, es que no había absolutamente nada a su alrededor salvo un edificio a lo lejos derrumbado rodeado por tejas azules que llegaban hasta ella. Se puso en pié y caminó muy despacio intentando oír algo mientras una profunda soledad comenzaba a escurrirse por sus mejillas como riachuelos que avanzaban horadando la suciedad para dejar entrever el rojo cárnico de su cara. Sólo a lo lejos apreció un crepitar de llamas y el sonido de unas rocas rodando sobre otras. Cerca tendría que estar el trabajo de papá, la tienda de bollos de carne tan tiernos que le gustaba comer los domingos.

 

-¿No reconoces la calle, Midori-chan?- decía una voz tras ella. Reconocío el timbre ronco de su abuelo.

-¿Abuelo?…¡Abuelo¡ ¿Dónde estás? No te veo, no veo nada abuelito, ¿dónde estás?

-Midori-chan, estoy aquí, detrás tuyo. Tranquila, estás nerviosa, por eso no me ves. Respira hondo, cierra los ojos y mírame de nuevo.

-Eh…. no sé..ay abuelo, no sé…me escuecen los ojos, no sé….sí…. me parece que.. sí que te veo, no sé, te veo.. ¡Ah, sí, con los ojos cerrados te veo abuelito, te veo¡ Pero dime qué ha pasado, dónde está mamá, porque no hay casas, y las tiendas, es que no hay nada, dónde están los vecinos….y mi cole, abuelo.. es que aquí hay cosas azules en el suelo, se parecen al tejado pero no puede ser, ay abuelo..qué pasa…. y… me quema el cuerpo, abuelito, me quema mucho, tengo las manos muy rojas….

-Tranquila, mi ratoncita, yo te soplaré la cara para que estés mejor. Y mientras, piensa qué hay delante de tí, vuelve a respirar hondo y cierra los ojos. ¿No ves la pescadería de la señora Ishida? Si casi se huele el salmón desde aquí… y mira qué bonitas anguilas ha traído hoy. Mira, mira bien.

-¡Pero si con los ojos cerrados está todo más oscuro, abuelo¡

-No, se te ha olvidado respirar hondo primero. Hincha el pecho bien y suelta todo el aire como cuando inflas un globo de los que te compra el primo.

-A ver..es muy raro esto de mirar con los ojos cerrados, aver… sí… sí parece que está ahí la pescadería, ahora sí que lo veo abuelo… y ya noto el aire en la cara, ¡qué fresquito¡

-Claro, a partir de ahora vamos a caminar despacio y con los ojos bien cerrados, verás como llegamos a la tienda de papá. Hoy no es domingo, pero voy a hacer una excepción y voy a comprarte una bolita de carne. ¡Pero no se lo digas a tu madre, que luego me regaña¡

 Caminó la niña muy despacio, paso a paso entre la ceniza, tanteando las piedras puntiagudas con los pies descalzos, los ojos bien cerrados y su cara ya seca de lágrimas. Respiraba muy hondo, absorbiendo todo el aire cálido y espeso en cada bocanada. Avanzó unos metros y se detuvo ante un cúmulo de rocas al rojo vivo.

-Ay, abuelo, ¡el suelo quema mucho¡ ¡Así no podemos andar, así no¡.

-Querida niña, llevo una botella de agua, voy a echártela sobre los pies, ya verás qué bien. Siéntate en esta piedra y apoya las piernas sobre la mía.

La niña se sentó en una roca ardiente y miró sus manos. El aire soplaba denso entre lo que quedaba de sus dedos, arrancando a la deriva pequeñas hebras de piel que flotaban hacia el este como banderas de carne. Era una imagen extraña que le recordaba al pescado seco que colgaba su madre al sol. Cuando la carne ya estaba bien curtida podías desmenuzarla en tiras finas y deshilachadas. Estaban ricas pero no solían darle muchas porque, según decía su madre, estaban demasiado saladas para que las comiera un crío. La pequeña esperó unos minutos, los pies izados, y al poco la expresión de su cara se relajó hasta formar una media sonrisa.

-Ay, qué bien, qué bien, ya podemos seguir un poquito, a buscar a papá, ¿verdad, abuelo?

-Claro, a ver qué hace mi yerno esta mañana, igual le pillo dormido y le doy un susto, jajaja.

La niña caminó sobre las ascuas hasta una llanura, dejando sobre la arena más girones de pescado seco.

-Mira, Midori-chan, ¿no lo ves? Ya hemos llegado, ¿no hueles el vapor de las bolitas de carne? Mmmm, qué rico, yo también tomaré una.

-No huelo nada. A ver, a ver, que se me olvidó respirar hondo. A ver….mmmm, sí, sí, ya huelo las bolitas….¡y creo que escucho a papá picando carne¡ ¡Papá, papá, sal, corre, que ha pasado algo muy extraño y las calles están desapareciendo, ven con nosotros a buscar a mamá¡ ¡Corre, sal¡

-No molestes a tu padre, niña, que está muy ocupado, hoy tendrá muchos clientes. Mamá seguro que está en el mercado. Si tú estás bien y yo también, ella seguro que está bien, tranquila. Mira, mira lo que hay ahí, uy, qué raro, en medio de la calle, mira, mira bien.

La niña caminó unos metros entre las cenizas, escarbó un poquito con sus manos rojizas y bajo la materia densa descubrió unas hojas doradas. Era un crisantemo. Perfecto en su multitud de pétalos comprimidos como un solo cuerpo. Su tía, que era florista, un día le explicó que cuando un pétalo está separado y solo, es más fácil de arrancar, pero cuando muchos crecían tan unidos, era casi imposible que enfermaran o muriesen. Así era el crisantemo, fuerte como unidad y suave al tacto, bajo la ceniza aún se podía apreciar cada pétalo y su tersura. La niña acarició la suavidad dorada de la flor y se quedó sorprendida.

-Abuelo, ¿verdad que es rara esta flor aquí en medio? Y además, se me ha olvidado cerrar los ojos y la veo perfectamente. No veo nada más, no hay casas ni gente….. y ahora que estoy con los ojos abiertos no te veo, abuelito…. pero a la flor sí que la veo…

-Querida niña, hay cosas que perduran ante cualquier adversidad. Mira sus pétalos, tan juntos conservan su frescura pese a la ceniza que la cubre. Y estas sorpresas de la naturaleza son símbolo de que la vida gana cualquier batalla.

-¿Y por qué sólo te veo con los ojos cerrados, abuelo? Estoy mirando la flor muy fijamente y la veo con los ojos abiertos y cerrados, ¡la veo siempre¡

-Es que esa flor es lo único auténtico que queda, lo demás siempre estará contigo en tu memoria, pero ahora sólo te queda la flor, mi querida nieta. Es la que te ayudará a tener fuerzas para construir lo que ya recuerdas.

-Uy, no te entiendo, abuelo. ¿Lo que no veo con los ojos abiertos… es que no está? Pero.. entonces tú, ¿no estás? Y la carnicería de papá, y el olor a salmón… ¿no están? Ay, abuelo, ….¿no… estás? ¿No estás? ‘Es que no lo entiendo, no entiendo qué ha pasado ni dónde está mamá o mi casa¡ Ay, abuelo, yo… no quiero estar sola….

-Tu casa está si la sabes ver, mi cielo. Esta flor es la prueba de que otras casas volverán. Y otros abuelitos volverán, tranquila. Ahora tienes que cuidar de tu flor.

La niña se acercó a un charco cercano para poder coger algo de agua y lavar la flor de la ceniza que la cubría. En el reflejo del lodo pudo ver las nubes de humo cubriendo los cielos y algunos trozos de papel quemado flotando en el aire. Pero no vio nada más. Acercó sus pies al borde del barro para ver su cara, que comenzaba a arderle de nuevo, pero no vio nada. Cerró los ojos, respiró hondo y al asomarse vio su cara redonda reflejada en el charco. Abrió los ojos y volvió a mirar. Y de nuevo, allí no estaba ella.

-Abuelo, no salgo en el agua, no me veo…. ¿es que me pasa algo, abuelo?

Con los ojos bien abiertos no encontró a su abuelo por ninguna parte. La niña gritó un sonido extraño, si eco, pero él no la oía. Igual a su abuelo se le había olvidado cerrar los ojos y por eso ya no estaba. Sólo quedaba humo, materia flotante, fuego, viento gris. Y un pequeño crisantemo dorado en medio del caos y la soledad. Miró su cuerpo y por primera vez se dio cuenta de que estaba desnuda, no llevaba su vestido blanco. Ahora las mariposas rojas anidaban en su pecho en forma de jirones sangrantes. Qué raro era todo aquello. ¿Por qué habían desaparecido las plantas, las gente, su abuelo… y ella no? Y con lo sucio que estaba el aire ¿no se tendría que ahogar como aquél pez que tuvo de pequeña? Aún recordaba la pecera redonda como una bola que le regaló su padre. En ella vivió un pececillo rojo hasta el día en que, por error, saltó de su casita y alcanzó la mesa. Ella, testigo de aquel salto extraordinario, miró al pez fijamente a los ojos y él, a su vez, siguió moviéndose como si nadara en el aire frío. Por un momento, el pez vivió en el mundo exterior, como las personas. La niña gritó “ ¡papá, papá, el pez puede vivir fuera, no es como me contaste¡…. y tras ese segundo milagroso el pez miró la pecera en lejanía y…. todo fue como su padre le había explicado. Qué extraño, ahora el aire se masticaba de verdad… De repente se sentía muy cansada, igual había caminado más de lo que pensaba con su abuelo. Algo más tranquila, la niña se tumbó en la tierra y recordó los salmones de la señora Ishida, su pececillo rojo tumbado en la mesa, todas esas cosas que ahora sölo eran visibles con los ojos cerrados, respirando hondo. Y ensimismada, miró con los ojos bien abiertos el crisantemo en la lejanía. El viento al moverlo parecía hacerlo latir como si fuera el corazón de lo que quedó en pié. La niña cerró los ojos satisfecha, como cuando uno entiende la lección, y viendo que ya no había nada más que ver, se olvidó de respirar hondo. Eso era. Un pequeño corazón que comenzaba a latir anunciando otras casas, otros pueblos, otras niñas que también comieran bolitas de carne las tardes de domingo.

Anuncios